Un patrón que se repite
Las similitudes entre aquellos históricos venenos y los microplásticos actuales resultan cada vez más evidentes. Los microplásticos, esas partículas de plástico de menos de cinco milímetros, están presentes en el agua, el suelo y el aire.
Proceden de múltiples fuentes, desde textiles sintéticos y envases hasta neumáticos, pinturas4 y productos de cuidado personal como exfoliantes o pastas dentales5. Una vez liberados, se dispersan en los ecosistemas, entran en la cadena alimentaria6 y acaban en el organismo humano por ingestión o inhalación7.
Estos fragmentos diminutos de plástico no se biodegradan en el medio ambiente, sino que se fragmentan en partículas cada vez más pequeñas. Permanecen durante siglos y se acumulan en los organismos vivos8.
La creciente evidencia científica dibuja un escenario preocupante, ya que vincula estas sustancias a efectos adversos como inflamación crónica, estrés oxidativo, alteraciones hormonales e incluso trastornos cardiovasculares y reproductivos de gran impacto9.
En consecuencia, las empresas de múltiples sectores afrontan un entorno de presión regulatoria, escrutinio constante, aumento del riesgo de litigios y amenazas reputacionales.